Extracto de
"La Historia de Concepción del Uruguay"

por el profesor Oscar F. Urquiza Almandoz



Uruguay le llamaron los indígenas. Río de los Pájaros tradujo el alma plena de poesía de los que, tras ellos, habitaron sus costas selváticas. Y en medio del paisaje agreste, a lo largo de su extenso curso, fueron surgiendo diversos núcleos de vida humana. Susurros de agua y cantos de aves acunaron el sueño de los primeros pobladores ...

En el sureste entrerriano, recostada junto a uno de los riachos que vuelcan sus aguas en el inmenso río, surgió, allá por 1783, la villa de Concepción del Uruguay, fundada por don Tomás de Rocamora.

Producida la Revolución de Mayo, fue una de las primeras en adherirse a la noble causa. Corrieron los días de la epopeya. Gesta tras gesta inscribieron su nombre en las páginas de nuestra historia.

La lucha contra el español, primero, y contra el portugués, después.

Más tarde, la defensa impar del federalismo como aspiración suprema de los pueblos. Hijos de la tierra dando todo, esfuerzo y vida, por el logro de afanes nobles.

En el violento entrechocar de aquellas horas bravas, Concepción del Uruguay había dicho su ¡Presente! Sus hombres pelearon tenazmente en las luchas libertarias y trabajaron intensamente en la paz siempre anhelada. Ellos se destacaron en el vasto panorama de selvas y cuchillas, porque estaban ligados a la tierra entrerriana por ese vínculo indestructible que une al hombre con la tierra que puebla, trabaja y defiende.

En 1814, en uso de las facultades extraordinarias que la Asamblea General Constituyente le confiriera, el Director Supremo Gervasio de Posadas fijó a Concepción del Uruguay como capital de la flamante provincia de Entre Ríos.

Poco tiempo después, uno de sus hijos dilectos, Francisco Ramírez, se convirtió en Supremo de Entre Ríos. Más su sueño fue efímero. La estrella que un día, desde el alto azul del cielo uruguayense, iluminó sus años niños, se apagó en los lejanos campos de Río Seco, trizadas para siempre su vida y su quimera.

Pero la idea quedó viva, como prendida a la bandera celeste y blanca que parecía sangrar por su veta diagonal. Organización federalista era el reclamo de los pueblos, y fue otro de sus hijos quien la recogió sin renunciamientos, para proyectarla hacia los cuatro rumbos de la patria. Justo José de Urquiza ligó a Concepción del Uruguay con su vida y con su gloria. Desde aquel día de 1826 en que siendo diputado de la legislatura logró que se sancionara la ley por la cual se la declaraba ciudad, hasta las horas presentes, en que sus restos yacen cobijados en el hermoso templo que él mismo hiciera levantar.

Fue en este escenario - de aldea y río - que el Entrerriano decidió fundar su Colegio. Pero no pensé sólo en los jóvenes uruguayenses. Un colegio mucho más pequeño y modesto hubiera bastado. Su anhelo fue más lejos. Su mirada escudriñó más allá de ríos y cuchillas para abarcar la patria toda. Y el sueño de Urquiza se hizo realidad. De casi todas las provincias, aun de las más lejanas, y también de países hermanos, fueron llegando a Concepción del Uruguay los jóvenes educandos. El Colegio y la ciudad se poblaron con voces frescas y sueños esperanzados.

Cultura y libertad fueron principios que parecieron signar el destino uruguayense al promediar el siglo XIX. Porque allí, muy cerca del Colegio, en la plaza que lleva el nombre del Supremo, tuvo lugar el 1° de mayo de 1851, el histórico pronunciamiento de Urquiza contra Rosas. Los trascendentes acontecimientos que vendrán después hunden sus raíces en ese hecho singular. Caseros, Constitución, organización nacional, fueron las resultantes de aquel acto inicial con el que se inauguró una nueva etapa en la historia institucional del país.

Una vez más, en noviembre de 1852, el pueblo de Concepción del Uruguay fue protagonista de hazañosa ocurrencia. Porque sus hombres lucharon contra la invasión que, a las órdenes de Madariaga, fue enviada desde Buenos Aires con el propósito de alterar los planes de Urquiza y frustrar la reunión del Congreso Constituyente que, por esos días, comenzaba a sesionar en Santa Fe.

Quedó así escrita una de las páginas más gloriosas en la historia de Concepción del Uruguay. Su significado trasciende los límites de lo meramente local para extenderse en la órbita de los nacional, puesto que el triunfo del pueblo uruguayense permitió la continuidad de la labor del Congreso Constituyente que, pocos meses después, fructificaría en la Constitución de 1853.

En Enero de 1860, la Convención Provincial reunida en el recinto del Colegio Histórico, sancionó la Constitución entrerriana de ese año. Y por una de sus disposiciones, la ciudad de Concepción del Uruguay fue reinstalada en su rango de capital de la provincia, como lo fuera en 1814, cuando por decreto del Director Supremo Gervasio de Posadas así se dispusiera.

Desde ese momento y hasta 1883, Concepción del Uruguay fue capital de la provincia de Entre Ríos, no sin que en el transcurrir de ese lapso se hubiesen producido algunos episodios que alteraron su calma de ciudad provinciana.

Los levantamientos jordanistas que conmovieron a la provincia a partir de 1870, trajeron como consecuencia la acción represiva del gobierno nacional y, nuevamente, la ciudad fundada por Rocamora fue teatro de cruentas luchas.

En 1883, Concepción del Uruguay, capital de Entre Ríos, se aprestó jubilosa para celebrar el centenario de su fundación. Pero lo que tenía que ser una feliz conmemoración debió dejar paso a la amargura y la desazón. Un nuevo intento tendiente a lograr el traslado de la capital a la ciudad de Paraná, dio sus frutos.

El pesar y la frustración mordió los corazones uruguayenses. Vanos fueron todos los esfuerzos realizados en procura de evitar la descapitalización, que al fin fue sancionada por la Convención Constituyente en sesión del 1° de setiembre de 1883.

Muchos fueron los perjuicios que la nueva situación reportó a Concepción del Uruguay. El agostamiento de la ciudad descapitalizada quemó horas que pudieron ser mejores. Pero allí estaban sus hombres y sus mujeres. Con su esfuerzo de todos los días, en fábricas y talleres, en escuelas y oficinas, la ciudad se fue recuperando sin prisa pero sin pausas. Y, así, la villa humilde que un día naciera a la vera del río azul, creció en años, se cimentó en esfuerzos y se proyectó en sueños de futuro ...

Por esta tierra ha pasado la historia, y mi propósito ha sido reconstruirla en la medida de lo posible. Sin concesiones. Con sus luces y con sus sombras. Con sus aciertos y sus errores. Convencido de que la experiencia del pasado, que es de donde nos llegan los buenos y los malos ejemplos, sólo puede ser provechosa si se la estudia con honestidad.

He intentado abarcar, en una visión totalizadora, los más diversos aspectos que hacen a la vida de una comunidad. Los hechos políticos y militares, la vida social y religiosa, los aspectos educativos y culturales, las actividades económicas y financieras, han quedado registrados en las páginas que siguen. Y junto con los acontecimientos cuya trascendencia los ha insertado en la historia de la patria grande, desfilarán también los pequeños hechos cotidianos en los que palpita el alma de sus habitantes.

Decenas de biografías correspondientes a hijos y vecinos de Concepción del Uruguay y algunos muy poco conocidos y otros casi ignorados, bosquejarán la silueta de hombres y mujeres que en distintas épocas brindaron su esfuerzo en favor de la comunidad en que estaban enraizados.

Asimismo, he prestado particular atención a la fundación y desarrollo de diversas instituciones culturales y de bien público, algunas de las cuales continúan su valiosa acción en nuestros días, en una trayectoria indeclinable ya más que centenaria.

Creo que he podido cubrir los variados aspectos que hacen a la vida de la ciudad entre los límites temporales fijados: 1783-1890. Pero podrá advertirse que no son pocos los temas en que el material documental obtenido en largos años de investigación, me ha permitido ir bastante más allá de aquellos límites, alcanzando en algunos casos hasta el año 1920.

Soy consciente de que esta obra, que ve la luz en oportunidad del segundo centenario de la fundación de Concepción del Uruguay, es más que perfectible. Sé que hay lagunas y omisiones. Pero seguramente el que conozca las dificultades de la labor historiográfica podrá comprender que ello era inevitable.

El camino queda así abierto. Estoy satisfecho de haber trazado el rumbo. Ojalá que tras nuestros pasos, vengan los jóvenes historiadores que se den a la tarea de corregir los errores en que haya incurrido y completar aquello que no logré reconstruir suficientemente. Entonces, el vasto y hermoso paisaje de la historia lugareña alcanzará su fijación definitiva.

Sepa el lector que estas páginas son fruto de un acto de amor. Que el esfuerzo de tantos años respondió al íntimo deseo de devolver aunque en mínima parte, algo de lo mucho de bueno que he recibido de mi pueblo. "Familia, maestros, amigos - muchas sombras queridas - de este país verde y alegre, que me han dado lecciones de patriotismo, enseñanzas de bondad, ejemplos de decencia, y, sobre todo, largas horas de felicidad que nunca podré agradecer bastante".

Quiera Dios que sepamos escuchar las voces del pasado. Ellas nos hablan de esfuerzos y sacrificios. Ojalá que los uruguayenses de hoy aprendamos las lecciones de la experiencia. Y nos demos a la tarea de hacer de Concepción del Uruguay la ciudad que soñaron nuestros mayores.

Porque ello será un aporte para el engrandecimiento de la patria, de esa patria nuestra que comenzó a forjarse hace mucho tiempo, pero que los argentinos debemos hacer todos los días, recorriendo el camino luminoso de la paz, de la concordia y del trabajo fecundo.

 

 

Historia de Concepción del Uruguay, Oscar F. Urquiza Almandoz.

 

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